jueves, 11 de noviembre de 2010
El Fantasma de la mujer de blanco
Tres hermanos
Estos hechos acontecieron hace algunos años en las cercanías de Bétera, un pueblo valenciano en el que antiguamente había un manicomio. En él se encontraban personas enfermas de distintos males psíquicos (trastornos en la personalidad, psicosis, paranoias,...) pero uno de sus pabellones estaba destinado en exclusiva a criminales ya que los jueces en alguno casos habían decidido que era mejor que dichos criminales entrasen en una institución donde podían tratar sus problemas mentales antes que en la cárcel donde seguramente lo único que se conseguiría es agravarlos.
A unos quince kilómetros del psiquiátrico vivían los hermanos garcía. Eran tres hermanos que se dedicaban al cuidado de unas pequeñas tierras que habían heredado de sus antepasados, los cuales siempre habían vivido por la zona.
Juan, que así se llamaba el menor de los hermanos siempre iba acompañado de su fiel perra Laika, que era un pastor alemán precioso que se habían encontrado perdida por una carretera cercana.
Los tres hermanos compartían una humilde casa de labradores con una sola habitación en la que habían colocado tres literas, un minúsculo aseo y una cocina de leña, típica de las zonas rurales. El poco tiempo libre del que disponían, pues como de todos es sabido a las labores del campo hay que dedicarles muchas horas, lo pasaban en un pequeño comedor en el centro de la vivienda jugando a las cartas o escuchando un viejo transistor que tenían sobre la repisa de la chimenea.
Una tarde de otoño después de haber pasado todo el día en el campo se dispusieron a volver a casa y cocinar unas patatas con un poco de carne que habían comprado hace unos días en el pueblo. Una vez en casa mientras pedro preparaba la cena para Juan y para Román que era el mayor de los hermanos, escucharon por la radio que Ricardo Ruiz Pérez se había fugado del psiquiátrico de bétera y que podía andar por los alrededores.
Ricardo Ruiz era un peligroso psicópata, al cual encerraron por el asesinato y violación de cinco menores. Tardaron varios meses en descubrir los hechos pues él solía descuartizar a sus víctimas y echárselas de comer a una jauría de perros que tenía en una finca de Murcia. Los asesinatos de Ricardo fueron muy seguidos por el pueblo español ya que entre sus víctimas se encontraban tres hermanas de una misma familia y esto conmocionó a la opinión publica.
Los tres hermanos se sintieron angustiados por la noticia ya que ellos como el resto de españoles habían seguido las fechorías de Ricardo. Durante la cena el tema de tertulia fue el recuerdo de los asesinatos y la poca seguridad que había en el psiquiátrico, ya que era incomprensible que se hubiese podido escapar un asesino como éste.
Sobre las diez de la noche se prepararon todos para ir a dormir. En la habitación Pedro dormía en la litera superior, Román en la del centro y Juan en la de abajo. Debajo de la litera de Juan dormía Laika, a la que le encantaba que Juan por las noches antes de dormir le rascase el lomo y ella como muestra de cariño le lamía siempre la mano.
Media hora más tarde estaban ya todos acostados y prácticamente dormidos por el cansancio acumulado del día anterior. Pasaron las horas y de repente algo sobresaltó a Juan, había escuchado como el chirriar de la puerta, se mantuvo expectante durante unos segundos y luego introdujo su mano debajo de la cama para acariciar a su fiel amiga, ésta se lo agradeció como de costumbre, con unos lametones en la mano, esto tranquilizó a Juan ya que si alguien intentase entrar en la casa ella sería la primera en darse cuenta y se volvió a dormir profundamente.
Pasaron las horas y por la ventana del cuarto comenzaban a entrar los primeros rayos de luz a la diminuta estancia. Pero más que la luz del sol lo que despertó a Juan fueron unas pequeñas gotas que caían sobre su rostro. abrió poco a poco los ojos mientras se llevaba las manos al rostro donde notaba que caían las gotas y noto que tenían un tacto espeso, cuando finalmente abrió los ojos vio que esas gotas procedían del colchón de Román y que ese color rojizo que desprendían sólo podía ser sangre.
Se levantó de un salto de la cama y miró a su hermano Román, se quedó paralizado de terror, estaba amordazado y con una infinidad de cuchilladas en su cuerpo y sobre él también caían gotas de sangre provenientes del colchón superior donde un cuchillo atravesaba el cuello de su hermano pedro.
Juan, incrédulo ante la barbarie que estaba presenciando, se arrodilló en el suelo llorando y allí pudo encontrar a su querida perra Laika con el morro atado y abierta en canal y entre las patas de esta una nota ensangrentada donde se podía leer "los locos tambiÉn sabemos lamer".
Juan, aterrado, notificó los hechos a la policía diciendo que Ricardo Ruiz había asesinado a sus hermanos y a su perra, pero la policía no le creyó.
Juan fue acusado del asesinato de sus hermanos en un desdoblamiento de personalidad y encerrado durante veinte años en el psiquiátrico de Bétera, donde pudo averiguar que Ricardo había sido detenido dos horas después de su fuga en una carretera con dirección a Barcelona.
A unos quince kilómetros del psiquiátrico vivían los hermanos garcía. Eran tres hermanos que se dedicaban al cuidado de unas pequeñas tierras que habían heredado de sus antepasados, los cuales siempre habían vivido por la zona.
Juan, que así se llamaba el menor de los hermanos siempre iba acompañado de su fiel perra Laika, que era un pastor alemán precioso que se habían encontrado perdida por una carretera cercana.
Los tres hermanos compartían una humilde casa de labradores con una sola habitación en la que habían colocado tres literas, un minúsculo aseo y una cocina de leña, típica de las zonas rurales. El poco tiempo libre del que disponían, pues como de todos es sabido a las labores del campo hay que dedicarles muchas horas, lo pasaban en un pequeño comedor en el centro de la vivienda jugando a las cartas o escuchando un viejo transistor que tenían sobre la repisa de la chimenea.
Una tarde de otoño después de haber pasado todo el día en el campo se dispusieron a volver a casa y cocinar unas patatas con un poco de carne que habían comprado hace unos días en el pueblo. Una vez en casa mientras pedro preparaba la cena para Juan y para Román que era el mayor de los hermanos, escucharon por la radio que Ricardo Ruiz Pérez se había fugado del psiquiátrico de bétera y que podía andar por los alrededores.
Ricardo Ruiz era un peligroso psicópata, al cual encerraron por el asesinato y violación de cinco menores. Tardaron varios meses en descubrir los hechos pues él solía descuartizar a sus víctimas y echárselas de comer a una jauría de perros que tenía en una finca de Murcia. Los asesinatos de Ricardo fueron muy seguidos por el pueblo español ya que entre sus víctimas se encontraban tres hermanas de una misma familia y esto conmocionó a la opinión publica.
Los tres hermanos se sintieron angustiados por la noticia ya que ellos como el resto de españoles habían seguido las fechorías de Ricardo. Durante la cena el tema de tertulia fue el recuerdo de los asesinatos y la poca seguridad que había en el psiquiátrico, ya que era incomprensible que se hubiese podido escapar un asesino como éste.
Sobre las diez de la noche se prepararon todos para ir a dormir. En la habitación Pedro dormía en la litera superior, Román en la del centro y Juan en la de abajo. Debajo de la litera de Juan dormía Laika, a la que le encantaba que Juan por las noches antes de dormir le rascase el lomo y ella como muestra de cariño le lamía siempre la mano.
Media hora más tarde estaban ya todos acostados y prácticamente dormidos por el cansancio acumulado del día anterior. Pasaron las horas y de repente algo sobresaltó a Juan, había escuchado como el chirriar de la puerta, se mantuvo expectante durante unos segundos y luego introdujo su mano debajo de la cama para acariciar a su fiel amiga, ésta se lo agradeció como de costumbre, con unos lametones en la mano, esto tranquilizó a Juan ya que si alguien intentase entrar en la casa ella sería la primera en darse cuenta y se volvió a dormir profundamente.
Pasaron las horas y por la ventana del cuarto comenzaban a entrar los primeros rayos de luz a la diminuta estancia. Pero más que la luz del sol lo que despertó a Juan fueron unas pequeñas gotas que caían sobre su rostro. abrió poco a poco los ojos mientras se llevaba las manos al rostro donde notaba que caían las gotas y noto que tenían un tacto espeso, cuando finalmente abrió los ojos vio que esas gotas procedían del colchón de Román y que ese color rojizo que desprendían sólo podía ser sangre.
Se levantó de un salto de la cama y miró a su hermano Román, se quedó paralizado de terror, estaba amordazado y con una infinidad de cuchilladas en su cuerpo y sobre él también caían gotas de sangre provenientes del colchón superior donde un cuchillo atravesaba el cuello de su hermano pedro.
Juan, incrédulo ante la barbarie que estaba presenciando, se arrodilló en el suelo llorando y allí pudo encontrar a su querida perra Laika con el morro atado y abierta en canal y entre las patas de esta una nota ensangrentada donde se podía leer "los locos tambiÉn sabemos lamer".
Juan, aterrado, notificó los hechos a la policía diciendo que Ricardo Ruiz había asesinado a sus hermanos y a su perra, pero la policía no le creyó.
Juan fue acusado del asesinato de sus hermanos en un desdoblamiento de personalidad y encerrado durante veinte años en el psiquiátrico de Bétera, donde pudo averiguar que Ricardo había sido detenido dos horas después de su fuga en una carretera con dirección a Barcelona.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Un minuto después
Un minuto después de medianoche golpearon ferozmente la puerta.
Era la fecha indicada.
No, no, no, imposible...
Él estaba muerto y, sin embargo, había acudido a la cita...
Estaba muerto, sí, pero cumpliendo con su palabra, allí estaba, tras el umbral, con las ropas ajadas, partes de su rostro irreconocibles por la putrefacción, las cuencas de los ojos... ¡vacías!
Sin embargo, me miró... no sé como, pero lo hizo, y una voz gutural emergió de su desecha garganta:
-¡Vengo a por lo mío!
No sabría si conmocionarme por la noticia, o dejar que mi esfinter procediera por naturaleza, ante aquel horripilante ser que se hallaba ante mi puerta.
Lo peor llegó después: nada más pronunciar su frase... ¡la mandíbula se le desprendió y fue a parar a mis pies!
Y una olor nauseabunda se apoderó de la estancia, pero no provenía del cadáver. Mi esfinter, definitivamente, se había aflojado...
Paralizado por el miedo, observé como la mandíbula, en el suelo, se movía... ¡pequeños gusanos viscosos surgían de los huecos donde hubieron dientes, desplazándola!
Un minuto después de medianoche, aquel horripilante ser había acudido a la cita, cumpliendo con el compromiso que habíamos acordado en vida, antes de morir, atravesado accidentalmente por una de mis balas.
Definitivamente, el motivo de la cita ya no era lo importante, y guiado por una fuerza sobrenatural, aquel ser que antes había sido un hombre, cumplió con su venganza.
Así que me llevó con él, camino del infierno, una vez que mi corazón dejó de latir y mis ojos se volvieron vidriosos, paralizado por el terror más espantoso y definitivo.
Era la fecha indicada.
No, no, no, imposible...
Él estaba muerto y, sin embargo, había acudido a la cita...
Estaba muerto, sí, pero cumpliendo con su palabra, allí estaba, tras el umbral, con las ropas ajadas, partes de su rostro irreconocibles por la putrefacción, las cuencas de los ojos... ¡vacías!
Sin embargo, me miró... no sé como, pero lo hizo, y una voz gutural emergió de su desecha garganta:
-¡Vengo a por lo mío!
No sabría si conmocionarme por la noticia, o dejar que mi esfinter procediera por naturaleza, ante aquel horripilante ser que se hallaba ante mi puerta.
Lo peor llegó después: nada más pronunciar su frase... ¡la mandíbula se le desprendió y fue a parar a mis pies!
Y una olor nauseabunda se apoderó de la estancia, pero no provenía del cadáver. Mi esfinter, definitivamente, se había aflojado...
Paralizado por el miedo, observé como la mandíbula, en el suelo, se movía... ¡pequeños gusanos viscosos surgían de los huecos donde hubieron dientes, desplazándola!
Un minuto después de medianoche, aquel horripilante ser había acudido a la cita, cumpliendo con el compromiso que habíamos acordado en vida, antes de morir, atravesado accidentalmente por una de mis balas.
Definitivamente, el motivo de la cita ya no era lo importante, y guiado por una fuerza sobrenatural, aquel ser que antes había sido un hombre, cumplió con su venganza.
Así que me llevó con él, camino del infierno, una vez que mi corazón dejó de latir y mis ojos se volvieron vidriosos, paralizado por el terror más espantoso y definitivo.
lunes, 1 de noviembre de 2010
domingo, 31 de octubre de 2010
El orfanato de Clara
Desde que Clara llegó al viejo orfanato, sus cuidadoras sabían que no sería una niña normal, sus profundos ojos oscuros y la mirada penetrante no era normal en un bebé.
Clara fue creciendo, demostrando ser tímida, muy reservada, nunca jugaba o cantaba, cuando los demás niños se burlaban de ella se podía ver el odio prominente en sus ojos.
Siempre traía con ella una vieja muñeca de trapo.
Lo que más preocupaba a las cuidadoras es que su pasatiempo favorito era encerrarse en el granero, colectar animales pequeños y escarabajos para matarlos.
No lo hacía de inmediato, les arrancaba las extremidades, con sus pequeñas uñas les sacaba los ojos, los retorcía entre sus diminutas manos.
Pero no lo hacía con la curiosidad de un niño, siempre se le veía seria, inmutable.
Lo peor ocurrió cuando tenía ocho años, unos niños entraron al granero para molestarla, le jalaban el cabello, la atosigaban con insultos, se burlaban de su raro comportamiento.
Un chico tomó una piedra y se la aventó, Clara lo miró muy fijo, el chico empezó a tener un ataque de pánico.
Ella tomó un trinche y con fuerza descomunal se lo clavo, casi atraviesa por completo el cuerpo del chico.
Todos salieron corriendo, cuando las cuidadoras llegaron, Clara estaba sentada sobre un montón de paja, con sus brazos rodeando sus piernas.
Se balanceaba adelante y hacia atrás sin quitar la vista del chico muerto.
No podían condenarla por ser una niña pequeña pero las cuidadoras pidieron cambio de orfanato o que la internaran en un psiquiátrico ya que ella no era una niña normal.
Antes de su traslado al hospital, los niños decidieron tomar venganza por la muerte de su amigo.
Esperaron a que oscureciera, entraron al cuarto de Clara y entre todos la arrastraron al granero.
La amarraron, la pusieron en medio, dibujaron un círculo alrededor de ella, un chico tomó un bote de combustible y se lo roció encima.
Otro sacó un fósforo de una caja que se había robado de la cocina y entre la insistencia de los demás, le prendió fuego a Clara.
Ella se retorcía, gritaba, gemía, el dolor se reflejaba en su cara, y aunque su voz se distorsionaba se podía entender que decía que todos estaban condenados.
Las cuidadoras no llegaron a tiempo para salvar a Clara, la encontraron completamente calcinada.
A los pocos días comenzaron los sucesos, cada mañana, uno a uno, fueron apareciendo los chicos muertos en el granero, todos de forma brutal.
Les sacaban los ojos de las cuencas, arrancaban sus lenguas, les fracturaban los brazos y piernas, les abrían el abdomen y con los intestinos formaban un círculo alrededor de cuerpo.
Todo en un mar de sangre, el rostro siempre reflejaba una expresión de terror y sufrimiento impactante.
Aunque las cuidadoras hacían rondas nocturnas, los chicos seguían apareciendo muertos hasta que el estado decidió cambiar el orfanato de residencia.
Prepararon la mudanza y contrataron un camión para partir al día siguiente.
Esa noche, misteriosamente comenzó un incendio en el granero que se extendió hasta la casa del orfanato quemándola por completo.
Cuando por fin llegaron los bomberos no se explicaban por que nadie había salido del orfanato, las cerraduras no tenían llave.
Pero en los marcos y puertas se alcazaba a ver marcas de rasguños desesperados, no hubo ningún sobreviviente, todos murieron quemados a orillas de las puertas.
En el centro del destruido granero, encontraron una vieja muñeca de trapo intacta.
Lo que quedaba del orfanato no fue demolido pero si abandonado.
La gente que pasa por ahí, afirma que en las noches aparece la figura espectral de una niña con su muñeca afuera del granero que se desvanece al cruzar la puerta.
Clara fue creciendo, demostrando ser tímida, muy reservada, nunca jugaba o cantaba, cuando los demás niños se burlaban de ella se podía ver el odio prominente en sus ojos.
Siempre traía con ella una vieja muñeca de trapo.
Lo que más preocupaba a las cuidadoras es que su pasatiempo favorito era encerrarse en el granero, colectar animales pequeños y escarabajos para matarlos.
No lo hacía de inmediato, les arrancaba las extremidades, con sus pequeñas uñas les sacaba los ojos, los retorcía entre sus diminutas manos.
Pero no lo hacía con la curiosidad de un niño, siempre se le veía seria, inmutable.
Lo peor ocurrió cuando tenía ocho años, unos niños entraron al granero para molestarla, le jalaban el cabello, la atosigaban con insultos, se burlaban de su raro comportamiento.
Un chico tomó una piedra y se la aventó, Clara lo miró muy fijo, el chico empezó a tener un ataque de pánico.
Ella tomó un trinche y con fuerza descomunal se lo clavo, casi atraviesa por completo el cuerpo del chico.
Todos salieron corriendo, cuando las cuidadoras llegaron, Clara estaba sentada sobre un montón de paja, con sus brazos rodeando sus piernas.
Se balanceaba adelante y hacia atrás sin quitar la vista del chico muerto.
No podían condenarla por ser una niña pequeña pero las cuidadoras pidieron cambio de orfanato o que la internaran en un psiquiátrico ya que ella no era una niña normal.
Antes de su traslado al hospital, los niños decidieron tomar venganza por la muerte de su amigo.
Esperaron a que oscureciera, entraron al cuarto de Clara y entre todos la arrastraron al granero.
La amarraron, la pusieron en medio, dibujaron un círculo alrededor de ella, un chico tomó un bote de combustible y se lo roció encima.
Otro sacó un fósforo de una caja que se había robado de la cocina y entre la insistencia de los demás, le prendió fuego a Clara.
Ella se retorcía, gritaba, gemía, el dolor se reflejaba en su cara, y aunque su voz se distorsionaba se podía entender que decía que todos estaban condenados.
Las cuidadoras no llegaron a tiempo para salvar a Clara, la encontraron completamente calcinada.
A los pocos días comenzaron los sucesos, cada mañana, uno a uno, fueron apareciendo los chicos muertos en el granero, todos de forma brutal.
Les sacaban los ojos de las cuencas, arrancaban sus lenguas, les fracturaban los brazos y piernas, les abrían el abdomen y con los intestinos formaban un círculo alrededor de cuerpo.
Todo en un mar de sangre, el rostro siempre reflejaba una expresión de terror y sufrimiento impactante.
Aunque las cuidadoras hacían rondas nocturnas, los chicos seguían apareciendo muertos hasta que el estado decidió cambiar el orfanato de residencia.
Prepararon la mudanza y contrataron un camión para partir al día siguiente.
Esa noche, misteriosamente comenzó un incendio en el granero que se extendió hasta la casa del orfanato quemándola por completo.
Cuando por fin llegaron los bomberos no se explicaban por que nadie había salido del orfanato, las cerraduras no tenían llave.
Pero en los marcos y puertas se alcazaba a ver marcas de rasguños desesperados, no hubo ningún sobreviviente, todos murieron quemados a orillas de las puertas.
En el centro del destruido granero, encontraron una vieja muñeca de trapo intacta.
Lo que quedaba del orfanato no fue demolido pero si abandonado.
La gente que pasa por ahí, afirma que en las noches aparece la figura espectral de una niña con su muñeca afuera del granero que se desvanece al cruzar la puerta.
El sotano de la casa
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El colegio poseido
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Fantasmas en la cuna
Agosto 1988, mi madre acababa de dar a luz a mi hermana, por aquel entonces yo tenía 13 años. Después de un día de visitas, decidí quedarme a pasar la noche con ellas. Eran las 4 de la madrugada y todo estaba muy tranquilo. Yo dormía en un sofá-cama, al lado de la cuna de mi hermana. De repente noté como una presencia extraña, difícil de explicar. Levanté la cabeza y ví dos sombras alrededor de la cuna, asomandose a mirar a mi hermana. Ellos se giraron haciéndome un gesto cariñoso de que no dijera nada. Al momento se fueron desplazando hacia la puerta, miré a mi madre y me dí cuenta que estaba despierta y veía lo mismo que yo... Esas sombras tenían dueño, eran mis abuelos, que fallecieron antes de nacer mi hermana y quisieron hacerle una visita. Yo sé que desde entonces ellos la vigilan y la protegen para que no le pase nada malo.
Truco o trato
Era una tarde fría de 31 de octubre cuando toda la familia fue al cementerio a recordar a Josefine, la madre de Laura, que había muerto hacía siete años. Los niños, Greta y Tomas, no dejaban de preguntar cuánto faltaba para llegar ya que estaban atrapados en un interminable atasco a las puertas del cementerio. Todo el mundo iba en esas fechas a repoblar de flores frescas las tumbas de sus seres queridos. Podían hacerlo todo el año, pero todos iban el mismo día, lo que provocaba la desesperación de los padres, Gabriel y Laura.
- Te dije que era mejor venir mañana - le dijo Gabriel.
- Mañana no habrías querido llevarme - replicó ella-. Solo podíamos venir hoy, que es fiesta para todos.
- Jo, papá, quiero irme a casa - protestó Greta, de morros.
- ¿Por qué tenemos que venir cada año a visitar esa tumba? - añadió Tomas, mientras jugaba con su consola portátil.
- Mientras no seáis más mayores no pienso dejaros en casa solos - contestó su madre.
Pasaron dos horas metidos en el coche para conseguir encontrar un aparcamiento a más de veinte minutos de la tumba de la abuela. Cuando salieron tuvieron que superar un nuevo atasco de familias que trataban de moverse por los estrechos pasillos que había entre las tumbas. Cuando al final llegaron a su destino se quedaron inmóviles frente a un rectángulo de piedra gris que a Tomas no le llamaba la atención, en absoluto.
Tomas era un niño retraído que le costaba trabajo hacer nuevos amigos. Solía refugiarse en su consola de videojuegos ya que le daba todo lo que la gente se negaba a ofrecerle, buenos ratos. Por ello en cuanto tuvo ocasión, volvió a jugar, olvidándose de la gente que pasaba a su lado a empujones. El lugar que solía ser el más tranquilo del mundo, era un auténtico caos y parecía más un mercado que un cementerio.
Entonces el niño sintió que alguien le cogía el brazo y tiraba de él.
- Dame tu consola - le pidió una niña, que le apartó de la gente y se metieron entre dos panteones.
- No pienso dártela - replicó él, enojado.
- Dámela o te arrepentirás.
La mocosa no debía tener más años que él, nueve a lo sumo, sin embargo su mirada tenía algo que le daba miedo. Tenía pupilas negras, pelo largo marrón y tenía el contorno de los ojos amoratados, como si estuviera maquillada de muerta. Sin embargo no parecía maquillada. Tenía rasgos bonitos y llevaba un vestido de comunión muy extraño, como si se lo hubiera robado a su abuela.
- Déjame en paz, es mía.
- No seas idiota, dámela - insistió ella, intentando cogerla.
- ¡Papa! - Gritó Tom, tratando de evitar que ella se la cogiera.
Su padre le miró, no estaba muy lejos y le saludó con la mano.
- Tomas, ven aquí, no te alejes o te perderás.
- Pero esta niña no me deja en paz - protestó el niño.
- ¿Qué niña? - preguntó su padre, extrañado.
Justo en ese momento Tomas se dio cuenta de que no tenía a nadie delante.
Y se desmayó.
Cuando volvió en si, tenía su consola fuertemente aferrada en la mano y estaba en una camilla. Sus padres se debieron asustar tanto cuando perdió el sentido que lo llevaron al hospital. Sin embargo estaba bien, él lo sabía. Había visto a una niña fantasma y la impresión de saberlo fue demasiado fuerte para soportarlo. De toda la vida sus padres le habían dicho que los fantasmas no existían, pero él había visto uno. Les había creído y acababa de descubrir que en realidad ellos eran los que no sabían nada.
- Ha despertado - dijo su madre, sonriendo aliviada.
- Su corazón late regularmente y para asegurarnos de que está bien deberíamos hacerle un escáner cerebral - recitó el doctor -. Puede que tenga un coágulo y esa sea la causa de su desmayo.
- No, no fue mi cabeza - dijo Tomas.
El doctor le ignoró como si él fuera un perro y no pudiera entenderle.
- En cuanto sea posible se lo realizaremos. Mientras tanto estará en observación.
Y salió de la habitación.
- No estoy mal - repitió a sus padres.
- ¿Cómo vas a saber tú más que un médico, cariño? - replicó su madre.
Entonces quiso contarles la verdad, que se había desmayado por el susto, pero si no confiaban en él, ¿cómo iban a creerle? ¿Qué pensarían si les decía que había visto un fantasma?
Le hicieron interminables pruebas, análisis de sangre y no sirvió sino para confirmar que estaba completamente sano, con el colesterol un poco alto para su edad. A parte de eso, nada más. Al fin se fueron a su casa aunque sus padres y su hermana se pusieron un poco pesados por que temían que le volviera a dar un desmayo repentino.
Esa noche, fue como todas las demás. Cenaron, les mandaron temprano a la cama y una vez allí su padre le arropó como cada noche. También fueron a verle su hermana y su madre, tras lo cual apagaron la luz de su cuarto y al fin le dejaron tranquilo para seguir jugando a su consola portátil. La sacó de debajo de la almohada y se puso a jugar.
No había terminado de encenderla cuando notó que algo le agarraba del pie.
Tom gritó como un loco y saltó de la cama, corrió hacia la luz y la encendió. No se daba cuenta de que mientras examinaba la cama seguía gritando como poseído por mil demonios hasta que sus padres aparecieron y abrieron la puerta de golpe.
- ¡Qué pasa! - exclamó su padre.
- Una cosa me cogió del pie - dijo, temiendo que no le creyeran.
- Cariño, lo habrás soñado - le explicó su madre con cara de infinita paciencia.
- Te lo juro mamá, no estaba dormido, fue real.
- Se te enrollarían las sábanas en la pierna - razonó el padre.
- Te digo que algo me cogió, fue ella.
Sus padres fruncieron el cejo y se miraron extrañados.
- ¿Fue quién?
- La niña del cementerio, es un fantasma.
Tom sabía que no le creerían, pero estar en su casa y no delante de extraños, le hizo creer que en esta ocasión le creerían.
- Tomas - aleccionó su padre -. Los fantasmas no existen.
- Lo dices porque tú nunca has visto uno. Yo sí lo he visto, esta tarde. Cuando me di cuenta de que era un fantasma me desmayé de miedo.
- Pero si era de día y los fantasmas no se parecen a las personas - replicó su madre.
- Pues ella lo parecía. Además qué sabéis vosotros si nunca habéis visto uno.
En ese momento apareció su hermana pequeña por la puerta y la actitud de sus padres cambió radicalmente al verla.
- Tomas, duérmete. Deja de inventarte cosas para asustar a tu hermana - le regañó su padre.
- Vamos, todos a dormir - dijo su madre.
- No quiero estar solo - protestó él.
- Vamos, vamos, ya eres mayorcito para dormir con nosotros - le regañó su padre.
Todos salieron cuando acomodaron las sábanas sobre él y de nada sirvieron sus ojos suplicantes. Volvió a quedarse solo en plena oscuridad. Su mano se escurrió bajo la almohada y tocó con miedo su consola de videojuegos. Esta vez no la encendió, la aferró con fuerza entre sus manos y cerró los ojos, deseando dormirse cuanto antes.
- Quiero tu consola - dijo la misma voz de niña del cementerio.
Tomas abrió los ojos, aterrado. Delante de él estaba esa niña fantasma pero esta vez parecía enojada y la creía capaz de hacerle daño. Esta vez el terror impidió que gritara.
- Déjame en paz, no te he hecho nada - consiguió balbucear, entre lágrimas.
- Dámela - ordenó ella -. O te perseguiré toda tu vida.
- Si te la doy, ¿te marcharás?
La niña le miró con ansiedad. Extendió las manos esperando que se la diera. Si por el día había dudado si era real o no, en aquella oscuridad no cabía duda que era un fantasma porque su rostro, su ropa y su presencia eran visibles en la oscuridad como si irradiara una tenue luz.
- Tómala, vete - le ordenó.
Ella la tomó entre sus manos y Tomas la soltó.
Entonces la consola cayó a la alfombra y se abrió en varios trozos, soltando la batería, la tapa, la carcasa, los botones...
- Mira lo que has hecho - le regañó la niña.
Tomas tenía más miedo de ella que de haber roto su consola. La niña se enojó y desapareció en la nada. Entonces comenzaron a moverse los cajones de su cuarto, golpeó las paredes con fuerza y Tomas no pudo soportar el miedo y se puso a gritar de pánico.
Sus padres no tardaron en llegar, enojados, pensando que era él quien daba los golpes y cuando abrieron la puerta y le vieron en la cama con la cabeza escondida bajo la manta y la consola en el suelo, supieron que él no había sido el de los golpes ya que éstos cesaron justo cuando abrieron la puerta.
- Pero qué demonios pasa aquí - dijo su padre.
- Es ella, está muy enfadada porque se ha caído mi consola - explicó Tomas, llorando.
- ¿Quién? - preguntó su madre.
- La niña fantasma, quiere que le dé mi consola. Se la di y no la cogió, se cayó al suelo y se rompió. Entonces se puso a golpear todo.
- ¿Que quiere tu consola? ¿un fantasma? - preguntó su padre, incrédulo.
Esa noche le permitieron dormir con ellos. Su padre le prometió arreglar la consola al día siguiente y así pudieron dormir tranquilos.
Sin embargo a la noche siguiente la niña volvió a aparecerse a Tomas y éste salió corriendo a la habitación de sus padres. Estos no le creían demasiado, pero sabían que pasaba algo que no podían comprender, de modo que le dejaron dormir con ellos una noche más.
Al día siguiente llamaron a un médium y le contaron todo lo que había pasado.
- Averigüen lo que quiere y dénselo - les aleccionó.
- Ya se la dio - dijo Gabriel -. Y no se la cogió.
- Deben averiguar dónde fue enterrada y déjenle lo que pide, en su tumba. De ese modo descansará en paz. Aunque otro modo de ahuyentarla es poniendo en su puerta calaveras y cosas que den miedo como calabazas con forma de cara y una vela dentro. De ese modo el fantasma de la niña no se atreverá a entrar en su casa. Sin embargo, no descansará hasta que tenga lo que busca.
Aunque no confiaban mucho en sus soluciones, decidieron hacerle caso para tranquilidad de sus hijos (ya que ahora también su hija estaba muerta de miedo). Compraron calabazas de Halloween y las pusieron en la puerta de su casa. Colocaron telas de araña en las ventanas, murciélagos de plástico colgando... tal y como decía la tradición de Halloween que debían hacer.
Y para asegurarse de que funcionaba volvieron al cementerio.
Fueron a la tumba de Josefine, la abuela de Tom, y buscaron por los alrededores la tumba de alguna niña muerta. Casi todas eran tumbas de ancianos y ancianas, pero no encontraron ninguna lápida con la inscripción de una niña. Entonces Tomas miró en la puerta de un mausoleo y leyó un nombre: "Jennifer Corbin, muerta con ocho años por una parada cardíaca." Al parecer pertenecía a una familia muy rica.
- Toma, Jennifer -dijo el niño.
Dejó la consola justo frente a la puerta y se fue con sus padres corriendo. Les dijo que la había encontrado y que ya podían irse.
A medida que salían del cementerio se fueron encontrando personas que también entraban con curiosos objetos en las manos. Nadie saludaba a nadie, parecían demasiado asustados como para decir el motivo de su presencia allí. Aunque quizás nadie decía nada porque, en el fondo, todos sabían el motivo de su visita.
Desde aquel día, no volvieron a tener ningún suceso sobrenatural más y Tomas decidió que nunca más jugaría a un videojuego.
Desde aquel año, siguieron la tradición de Halloween y cada 31 de octubre llenaban su casa de objetos extraños, calaveras, calabazas y objetos propios de esas fechas para ahuyentar a los posibles fantasmas que quisieran visitarles con el objetivo de hacerles el "truco o trato".
- Te dije que era mejor venir mañana - le dijo Gabriel.
- Mañana no habrías querido llevarme - replicó ella-. Solo podíamos venir hoy, que es fiesta para todos.
- Jo, papá, quiero irme a casa - protestó Greta, de morros.
- ¿Por qué tenemos que venir cada año a visitar esa tumba? - añadió Tomas, mientras jugaba con su consola portátil.
- Mientras no seáis más mayores no pienso dejaros en casa solos - contestó su madre.
Pasaron dos horas metidos en el coche para conseguir encontrar un aparcamiento a más de veinte minutos de la tumba de la abuela. Cuando salieron tuvieron que superar un nuevo atasco de familias que trataban de moverse por los estrechos pasillos que había entre las tumbas. Cuando al final llegaron a su destino se quedaron inmóviles frente a un rectángulo de piedra gris que a Tomas no le llamaba la atención, en absoluto.
Tomas era un niño retraído que le costaba trabajo hacer nuevos amigos. Solía refugiarse en su consola de videojuegos ya que le daba todo lo que la gente se negaba a ofrecerle, buenos ratos. Por ello en cuanto tuvo ocasión, volvió a jugar, olvidándose de la gente que pasaba a su lado a empujones. El lugar que solía ser el más tranquilo del mundo, era un auténtico caos y parecía más un mercado que un cementerio.
Entonces el niño sintió que alguien le cogía el brazo y tiraba de él.
- Dame tu consola - le pidió una niña, que le apartó de la gente y se metieron entre dos panteones.
- No pienso dártela - replicó él, enojado.
- Dámela o te arrepentirás.
La mocosa no debía tener más años que él, nueve a lo sumo, sin embargo su mirada tenía algo que le daba miedo. Tenía pupilas negras, pelo largo marrón y tenía el contorno de los ojos amoratados, como si estuviera maquillada de muerta. Sin embargo no parecía maquillada. Tenía rasgos bonitos y llevaba un vestido de comunión muy extraño, como si se lo hubiera robado a su abuela.
- Déjame en paz, es mía.
- No seas idiota, dámela - insistió ella, intentando cogerla.
- ¡Papa! - Gritó Tom, tratando de evitar que ella se la cogiera.
Su padre le miró, no estaba muy lejos y le saludó con la mano.
- Tomas, ven aquí, no te alejes o te perderás.
- Pero esta niña no me deja en paz - protestó el niño.
- ¿Qué niña? - preguntó su padre, extrañado.
Justo en ese momento Tomas se dio cuenta de que no tenía a nadie delante.
Y se desmayó.
Cuando volvió en si, tenía su consola fuertemente aferrada en la mano y estaba en una camilla. Sus padres se debieron asustar tanto cuando perdió el sentido que lo llevaron al hospital. Sin embargo estaba bien, él lo sabía. Había visto a una niña fantasma y la impresión de saberlo fue demasiado fuerte para soportarlo. De toda la vida sus padres le habían dicho que los fantasmas no existían, pero él había visto uno. Les había creído y acababa de descubrir que en realidad ellos eran los que no sabían nada.
- Ha despertado - dijo su madre, sonriendo aliviada.
- Su corazón late regularmente y para asegurarnos de que está bien deberíamos hacerle un escáner cerebral - recitó el doctor -. Puede que tenga un coágulo y esa sea la causa de su desmayo.
- No, no fue mi cabeza - dijo Tomas.
El doctor le ignoró como si él fuera un perro y no pudiera entenderle.
- En cuanto sea posible se lo realizaremos. Mientras tanto estará en observación.
Y salió de la habitación.
- No estoy mal - repitió a sus padres.
- ¿Cómo vas a saber tú más que un médico, cariño? - replicó su madre.
Entonces quiso contarles la verdad, que se había desmayado por el susto, pero si no confiaban en él, ¿cómo iban a creerle? ¿Qué pensarían si les decía que había visto un fantasma?
Le hicieron interminables pruebas, análisis de sangre y no sirvió sino para confirmar que estaba completamente sano, con el colesterol un poco alto para su edad. A parte de eso, nada más. Al fin se fueron a su casa aunque sus padres y su hermana se pusieron un poco pesados por que temían que le volviera a dar un desmayo repentino.
Esa noche, fue como todas las demás. Cenaron, les mandaron temprano a la cama y una vez allí su padre le arropó como cada noche. También fueron a verle su hermana y su madre, tras lo cual apagaron la luz de su cuarto y al fin le dejaron tranquilo para seguir jugando a su consola portátil. La sacó de debajo de la almohada y se puso a jugar.
No había terminado de encenderla cuando notó que algo le agarraba del pie.
Tom gritó como un loco y saltó de la cama, corrió hacia la luz y la encendió. No se daba cuenta de que mientras examinaba la cama seguía gritando como poseído por mil demonios hasta que sus padres aparecieron y abrieron la puerta de golpe.
- ¡Qué pasa! - exclamó su padre.
- Una cosa me cogió del pie - dijo, temiendo que no le creyeran.
- Cariño, lo habrás soñado - le explicó su madre con cara de infinita paciencia.
- Te lo juro mamá, no estaba dormido, fue real.
- Se te enrollarían las sábanas en la pierna - razonó el padre.
- Te digo que algo me cogió, fue ella.
Sus padres fruncieron el cejo y se miraron extrañados.
- ¿Fue quién?
- La niña del cementerio, es un fantasma.
Tom sabía que no le creerían, pero estar en su casa y no delante de extraños, le hizo creer que en esta ocasión le creerían.
- Tomas - aleccionó su padre -. Los fantasmas no existen.
- Lo dices porque tú nunca has visto uno. Yo sí lo he visto, esta tarde. Cuando me di cuenta de que era un fantasma me desmayé de miedo.
- Pero si era de día y los fantasmas no se parecen a las personas - replicó su madre.
- Pues ella lo parecía. Además qué sabéis vosotros si nunca habéis visto uno.
En ese momento apareció su hermana pequeña por la puerta y la actitud de sus padres cambió radicalmente al verla.
- Tomas, duérmete. Deja de inventarte cosas para asustar a tu hermana - le regañó su padre.
- Vamos, todos a dormir - dijo su madre.
- No quiero estar solo - protestó él.
- Vamos, vamos, ya eres mayorcito para dormir con nosotros - le regañó su padre.
Todos salieron cuando acomodaron las sábanas sobre él y de nada sirvieron sus ojos suplicantes. Volvió a quedarse solo en plena oscuridad. Su mano se escurrió bajo la almohada y tocó con miedo su consola de videojuegos. Esta vez no la encendió, la aferró con fuerza entre sus manos y cerró los ojos, deseando dormirse cuanto antes.
- Quiero tu consola - dijo la misma voz de niña del cementerio.
Tomas abrió los ojos, aterrado. Delante de él estaba esa niña fantasma pero esta vez parecía enojada y la creía capaz de hacerle daño. Esta vez el terror impidió que gritara.
- Déjame en paz, no te he hecho nada - consiguió balbucear, entre lágrimas.
- Dámela - ordenó ella -. O te perseguiré toda tu vida.
- Si te la doy, ¿te marcharás?
La niña le miró con ansiedad. Extendió las manos esperando que se la diera. Si por el día había dudado si era real o no, en aquella oscuridad no cabía duda que era un fantasma porque su rostro, su ropa y su presencia eran visibles en la oscuridad como si irradiara una tenue luz.
- Tómala, vete - le ordenó.
Ella la tomó entre sus manos y Tomas la soltó.
Entonces la consola cayó a la alfombra y se abrió en varios trozos, soltando la batería, la tapa, la carcasa, los botones...
- Mira lo que has hecho - le regañó la niña.
Tomas tenía más miedo de ella que de haber roto su consola. La niña se enojó y desapareció en la nada. Entonces comenzaron a moverse los cajones de su cuarto, golpeó las paredes con fuerza y Tomas no pudo soportar el miedo y se puso a gritar de pánico.
Sus padres no tardaron en llegar, enojados, pensando que era él quien daba los golpes y cuando abrieron la puerta y le vieron en la cama con la cabeza escondida bajo la manta y la consola en el suelo, supieron que él no había sido el de los golpes ya que éstos cesaron justo cuando abrieron la puerta.
- Pero qué demonios pasa aquí - dijo su padre.
- Es ella, está muy enfadada porque se ha caído mi consola - explicó Tomas, llorando.
- ¿Quién? - preguntó su madre.
- La niña fantasma, quiere que le dé mi consola. Se la di y no la cogió, se cayó al suelo y se rompió. Entonces se puso a golpear todo.
- ¿Que quiere tu consola? ¿un fantasma? - preguntó su padre, incrédulo.
Esa noche le permitieron dormir con ellos. Su padre le prometió arreglar la consola al día siguiente y así pudieron dormir tranquilos.
Sin embargo a la noche siguiente la niña volvió a aparecerse a Tomas y éste salió corriendo a la habitación de sus padres. Estos no le creían demasiado, pero sabían que pasaba algo que no podían comprender, de modo que le dejaron dormir con ellos una noche más.
Al día siguiente llamaron a un médium y le contaron todo lo que había pasado.
- Averigüen lo que quiere y dénselo - les aleccionó.
- Ya se la dio - dijo Gabriel -. Y no se la cogió.
- Deben averiguar dónde fue enterrada y déjenle lo que pide, en su tumba. De ese modo descansará en paz. Aunque otro modo de ahuyentarla es poniendo en su puerta calaveras y cosas que den miedo como calabazas con forma de cara y una vela dentro. De ese modo el fantasma de la niña no se atreverá a entrar en su casa. Sin embargo, no descansará hasta que tenga lo que busca.
Aunque no confiaban mucho en sus soluciones, decidieron hacerle caso para tranquilidad de sus hijos (ya que ahora también su hija estaba muerta de miedo). Compraron calabazas de Halloween y las pusieron en la puerta de su casa. Colocaron telas de araña en las ventanas, murciélagos de plástico colgando... tal y como decía la tradición de Halloween que debían hacer.
Y para asegurarse de que funcionaba volvieron al cementerio.
Fueron a la tumba de Josefine, la abuela de Tom, y buscaron por los alrededores la tumba de alguna niña muerta. Casi todas eran tumbas de ancianos y ancianas, pero no encontraron ninguna lápida con la inscripción de una niña. Entonces Tomas miró en la puerta de un mausoleo y leyó un nombre: "Jennifer Corbin, muerta con ocho años por una parada cardíaca." Al parecer pertenecía a una familia muy rica.
- Toma, Jennifer -dijo el niño.
Dejó la consola justo frente a la puerta y se fue con sus padres corriendo. Les dijo que la había encontrado y que ya podían irse.
A medida que salían del cementerio se fueron encontrando personas que también entraban con curiosos objetos en las manos. Nadie saludaba a nadie, parecían demasiado asustados como para decir el motivo de su presencia allí. Aunque quizás nadie decía nada porque, en el fondo, todos sabían el motivo de su visita.
Desde aquel día, no volvieron a tener ningún suceso sobrenatural más y Tomas decidió que nunca más jugaría a un videojuego.
Desde aquel año, siguieron la tradición de Halloween y cada 31 de octubre llenaban su casa de objetos extraños, calaveras, calabazas y objetos propios de esas fechas para ahuyentar a los posibles fantasmas que quisieran visitarles con el objetivo de hacerles el "truco o trato".
sábado, 30 de octubre de 2010
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